La pronunciación histórica del griego clásico

 

En la mayoría de las facultades de Filología Clásica y en casi todos los Institutos de Enseñanza Secundaria de España, el griego clásico se enseña con la que sus defensores denominan pronunciación erasmiana, en honor al humanista holandés Erasmo de Rotterdam. Esta pronunciación pretende ser una reconstrucción de cómo se hablaba el dialecto ateniense en el siglo V a.C.

Frente a ella existe otra opción, minoritaria pero creciente: la pronunciación histórica, que no es sino la misma que emplean los griegos actuales para leer los textos antiguos y que es heredera directa de la evolución natural de la lengua durante los últimos dos mil quinientos años.

El propósito de esta páginas es mostrar, con argumentos fonéticos, pedagógicos y culturales, que la pronunciación histórica es superior a la erasmiana en casi todos los aspectos relevantes para la enseñanza del griego antiguo.

 

I. Los inciertos orígenes de la pronunciación erasmiana

Erasmo de Rotterdam fue un hombre de genio. Frente a la tradición de los eruditos bizantinos que le habían enseñado el griego, propuso la hipótesis de que los sonidos del griego clásico debían haber sido distintos de los que estos pronunciaban. Su intuición era en parte correcta: las lenguas cambian, y el griego del siglo V a.C. no podía sonar exactamente igual que el griego del siglo XV d.C.

Ahora bien, no creamos que los bizantinos ignoraban esta realidad. Ellos sabían perfectamente que la pronunciación había evolucionado, y eran capaces de estudiar y teorizar sobre los cambios fonéticos del pasado. Lo que nunca se les pasó por la cabeza fue la pretensión de pronunciar los textos antiguos con una reconstrucción hipotética de cómo sonaban quince siglos atrás.

Para ellos, la pronunciación histórica —la viva, la que habían heredado— era más que suficiente para leer, comprender y transmitir su propia tradición clásica. La idea de abandonar la pronunciación natural de la lengua para adoptar una artificial reconstruida es un producto del humanismo occidental, no de la erudición bizantina.

Conviene recordar dos hechos que los defensores de la pronunciación erasmiana suelen omitir. El primero es que ni el propio Erasmo ni el resto de los sabios renacentistas llegaron a emplear jamás su reconstrucción para leer o hablar griego: todos ellos siguieron utilizando la pronunciación histórica que habían aprendido de los bizantinos, limitándose a teorizar sobre el pasado sin pretender resucitarlo artificialmente en sus labios. El segundo es que la reconstrucción erasmiana contenía errores, algunos de ellos graves, como veremos más adelante.

 

II. La pronunciación erasmiana en la práctica: una incoherencia sistemática

Si la pronunciación erasmiana es solo una hipótesis, cabría esperar que al menos se aplicara con rigor. Nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, la pronunciación erasmiana teórica exige distinguir entre vocales largas y breves: ε frente a η, ο frente a ω, además de las cantidades internas (ᾰ frente a ᾱ). Sin embargo, en la práctica docente española ningún profesor hace esa distinción. Se pronuncian ε y η como /e/, ο y ω como /o/, sin ninguna diferencia de cantidad —ni mucho menos de tono—. Las cantidades vocálicas, que eran un rasgo fonológico fundamental del griego clásico, se ignoran por completo.

Lo que realmente se enseña bajo el nombre de "pronunciación erasmiana" es un híbrido arbitrario: se conservan algunos diptongos reconstruidos (αι como /ai/, οι como /oi/, ει como /ei/) pero se abandona el sistema de cantidades que era esencial en la fonología del ático del siglo V. Y lo que es aún más revelador: otros diptongos como ου, que Erasmo consideraba falsos o mal reconstruidos, se siguen pronunciando como /u/ a la manera histórica, sin que nadie objete nada.

Es decir, se toma de Erasmo lo que conviene y se ignora el resto, sin más criterio que la comodidad o la tradición. No se trata, pues, de una reconstrucción seria, sino de una convención pedagógica sin coherencia interna.

En segundo lugar, la pronunciación erasmiana se acomoda a las fonéticas nacionales. Un francés, un alemán y un español que lean el mismo texto griego con la "pronunciación reconstruida" apenas serán capaces de entenderse mutuamente. El francés nasalizará ciertos sonidos, el alemán aspirará las oclusivas sordas de manera diferente, el español reducirá los diptongos a sus propios patrones. El resultado es un caos fonético que contradice la pretendida universalidad de la reconstrucción.

 

III. Los errores demostrados de la reconstrucción erasmiana

La fonética histórica ha demostrado que Erasmo se equivocó en varios puntos importantes. Por ejemplo, su propuesta de que β, γ, δ eran aspiradas sordas (/pʰ/, /kʰ/, /tʰ/) es hoy insostenible: sabemos que eran oclusivas sonoras (/b/, /g/, /d/). Para otros sonidos, como los diptongos οι o υι, propuso realizaciones que resultan extrañas a la luz de la evidencia epigráfica y papirológica.

Más grave aún es la cuestión de la iota suscrita. En la Atenas de Pericles, la iota suscrita (ᾳ, ῃ, ῳ) se pronunciaba claramente. Sin embargo, los erasmianos modernos no la pronuncian, contradiciendo así el propio principio de su reconstrucción. ¿Por qué esta incoherencia? Porque la iota suscrita había desaparecido de la pronunciación en época bizantina, y los humanistas occidentales la consideraron un mero grafema etimológico. Pero si se pretende reconstruir el siglo V a.C., debería pronunciarse. No se hace.

Pero el problema más profundo es que, incluso si la reconstrucción erasmiana fuera correcta en todos sus puntos —que no lo es—, solo sería válida para un momento y un dialecto muy concretos: el ático del siglo V a.C.

Sin embargo, los erasmianos aplican su pronunciación sin ningún rubor a textos de épocas y dialectos muy diferentes: a Homero (jónico del siglo VIII a.C.), a Píndaro (dorio), a Safo (eolio), al Nuevo Testamento (koiné del siglo I d.C.). Esto es sencillamente insostenible desde un punto de vista histórico. Si de algo estamos seguros es de que en la época en que se escribieron los Santos Evangelios la fonética griega ya se parecía muchísimo más a la del griego actual que a la del griego de Sócrates.

 

IV. La pronunciación histórica: coherencia frente a arbitrariedad

Frente a este panorama, la pronunciación histórica (la del griego moderno) ofrece una alternativa radicalmente diferente y, en muchos aspectos, superior.

En primer lugar, la pronunciación histórica es un sistema fonético real, no una hipótesis de laboratorio. Es la pronunciación que han usado los griegos durante más de dos milenios, evolucionando de manera natural y sistemática. No tiene parches ni concesiones: todas sus reglas se aplican sin excepciones. En este sentido es indudable y naturalmente coherente.

En segundo lugar, la pronunciación histórica es funcional. Permite la comunicación real y ha demostrado su viabilidad durante siglos en la lengua hablada. Los propios griegos leen a Homero, a Platón y el Nuevo Testamento con esta pronunciación, y no tienen ningún problema para entender lo que leen.

La experiencia de asistir a una lectura litúrgica del Evangelio en griego con pronunciación moderna demuestra que un buen conocedor del griego clásico acostumbrado a la pronunciación histórica sigue perfectamente el sentido, a pesar de las homofonías que tanto preocupan a los defensores de la erasmiana.

Y aquí conviene detenerse en la cuestión de las homofonías, porque es el argumento más repetido por los detractores de la pronunciación histórica. Se nos dice que ἡμεῖς (nosotros) y ὑμεῖς (vosotros) suenan igual, que el artículo femenino ἡ y el masculino plural οἱ suenan igual, que esto crea confusiones insalvables. La objeción es teórica, pero no resiste el examen de la práctica.

En primer lugar, el griego clásico es una lengua que se aprende fundamentalmente a través de la lectura. En el aula, el texto está siempre delante. La homofonía solo sería un problema real si hiciéramos dictados sistemáticos sin contexto, lo que no es el grueso del aprendizaje.

En segundo lugar, la redundancia sintáctica y el contexto desambiguan casi cualquier caso potencialmente confuso. Los hablantes de español no se confunden entre fue (verbo ir) y fue (verbo ser), ni los hablantes de inglés entre there, their y they're. Del mismo modo, un estudiante que sepa griego no confundirá ἡμεῖς y ὑμεῖς en una oración porque el contexto y la morfología verbal le darán la clave. La experiencia de quienes enseñan con pronunciación histórica confirma que estas supuestas dificultades no existen en la práctica.

 

V. La erasmiana como opción incoherente: más allá del falso empate

A menudo, los defensores de la erasmiana intentan establecer un empate argumentando lo siguiente: "Tú, que usas la pronunciación histórica, también cometes un anacronismo cuando lees a Homero, porque Homero no sonaba como un griego moderno. Así que los dos estamos igual: los dos usamos una pronunciación que no es la original".

Este argumento parece razonable a primera vista, pero es falaz. No se trata de elegir entre dos opciones incorrectas (ninguna de las dos es la verdadera fonética homérica, porque eso es irrecuperable). Se trata de elegir entre una opción coherente y otra que no lo es.

El anacronismo de la pronunciación histórica es honesto y explícito: quien la usa sabe perfectamente que está empleando un sistema fonológico posterior, pero no hace ninguna afirmación espuria sobre cómo sonaba el griego de Homero o de Sócrates. Simplemente adopta una convención pedagógica útil y coherente, sin pretensiones de verdad absoluta. No viola su propia premisa porque no tiene una premisa falsa que violar.

El anacronismo erasmiano, en cambio, es un error categorial: sus defensores afirman explícitamente que están reconstruyendo la fonética del ático del siglo V a.C., pero luego aplican esa reconstrucción a textos jónicos (Homero), dóricos (Píndaro) o koiné (Nuevo Testamento). Es decir, violan su propia premisa. No es solo que se equivoquen; es que son incoherentes con su propio objetivo declarado.

La coherencia metodológica pesa más que la hipotética exactitud arqueológica. Los erasmianos no pueden reclamar para sí el monopolio de la "verdad histórica" cuando ellos mismos violan sistemáticamente esa verdad al aplicar su reconstrucción a dialectos y épocas para las que no fue pensada. La pronunciación histórica, siendo consciente de su anacronismo, al menos no incurre en la incoherencia de predicar una cosa y practicar otra.

 

VI. Ventajas pedagógicas de la pronunciación histórica

Más allá de las consideraciones fonéticas e históricas, la pronunciación histórica ofrece ventajas pedagógicas innegables.

La primera es que abre la puerta al griego moderno: un alumno que aprende bien griego clásico con pronunciación histórica está adquiriendo simultáneamente miles de palabras del griego moderno que se escriben y se pronuncian exactamente igual.

Cuando termine sus estudios, podrá seguir una liturgia ortodoxa y disfrutar de toda su belleza sonora, comprenderá de forma pasiva casi todo lo que oiga en griego moderno —noticias, conversaciones sencillas, letreros callejeros— y, si decide estudiarlo activamente, lo hará como un falso principiante: no necesitará aprender de nuevo el léxico ni la morfología básica, sino simplemente conocer algunas diferencias sintácticas.

El alumno que solo ha aprendido la pronunciación erasmiana, en cambio, se enfrentará al griego moderno como si fuera una lengua completamente extraña, aunque comparta el 80% del vocabulario. Porque las palabras que conoce las pronunciará de otra manera, y las que oiga no las reconocerá. Habrá estudiado durante años una lengua que es esencialmente la misma, pero sin ser capaz de entender ni una sola frase en boca de un griego de hoy. Esa es, sin duda, una pérdida pedagógica y cultural enorme.

La segunda es que la pronunciación histórica es un referente claro y estable. No hay ambigüedad sobre cómo se pronuncia cada sonido: se pronuncia como en griego moderno, y para eso existen grabaciones, hablantes nativos y recursos audiovisuales. El alumno sabe qué esperar. En cambio, el alumno de erasmiana se enfrenta a una situación absurda: depende de la fonética de su propia lengua materna para pronunciar una lengua que se supone reconstruida. Un español, un francés y un alemán pronunciarán de manera diferente el mismo texto, y todos ellos estarán convencidos de que están usando la "pronunciación reconstruida".

La tercera es que la pronunciación histórica permite una lectura más fluida y natural. La erasmiana, con sus diptongos artificiosamente distinguidos y sus reglas arbitrarias, resulta sobrecargada y poco natural. La pronunciación histórica, en cambio, es ágil y viva. No en vano es la que utilizan los propios griegos para recitar poesía antigua o leer la Sagrada Escritura.

 

VII. La unidad del helenismo

Pero hay un argumento último, quizá el más importante, que trasciende las consideraciones puramente técnicas. Cuando enseñamos griego antiguo con una pronunciación reconstruida, estamos, sin darnos cuenta, perpetrando una usurpación cultural.

Estamos enseñando a nuestros alumnos que la Grecia antigua y la Grecia moderna son dos realidades separadas, inconexas, como si entre el siglo V a.C. y el siglo XXI no hubiera habido más que un vacío o una irrelevancia.

Nada más falso. La lengua griega es un continuo ininterrumpido de tres milenios. El mismo pueblo que escribió la Ilíada escribió también el Nuevo Testamento, la liturgia de San Juan Crisóstomo y los poemas de Constantinos Cavafis; la misma lengua que usó Pericles en su oración fúnebre es la que se habla hoy en las plazas de Atenas, Salónica o Nicosia, naturalmente evolucionada pero perfectamente reconocible en su esencia.

Cuando usamos la pronunciación histórica, enseñamos a nuestros alumnos a amar a Grecia como un todo vivo, no como un cadáver disecado en un museo. Les enseñamos que el helenismo no acabó en el 323 a.C. con la muerte de Alejandro, ni en el 146 a.C. con la destrucción de Corinto, ni en el 395 d.C. con la división del Imperio. El helenismo sigue vivo, y nuestra pronunciación puede ser un puente hacia esa realidad viva.

Un alumno que haya aprendido griego antiguo con pronunciación histórica podrá viajar a Grecia, hablar con los griegos, leer sus periódicos, escuchar su música, y sentirá que lo que ha estudiado durante años no es una lengua muerta, sino la raíz de una cultura viva. Podrá recitar un verso de Safo y ser entendido por un tendero de Atenas. Podrá leer una inscripción bizantina y reconocer las mismas palabras que aprendió en el aula. Podrá, en suma, experimentar la unidad y la continuidad de la civilización helénica.

 

Conclusión

No pretendemos que la pronunciación histórica sea la "verdadera" del griego clásico. No lo es, como tampoco lo es la erasmiana. Lo que sostenemos es que, ante la imposibilidad de una certeza absoluta, debemos elegir el criterio de la coherencia, la utilidad pedagógica y el respeto por la continuidad cultural de Grecia.

La pronunciación erasmiana es una hipótesis incierta, aplicada de manera incoherente, cargada de errores demostrados y variable según la lengua materna de cada usuario. La pronunciación histórica es un sistema real, coherente, funcional, vivo y respetuoso con la tradición helénica.

No se trata, pues, de una mera disputa técnica entre especialistas. Se trata de decidir qué Grecia queremos enseñar a nuestros alumnos: una Grecia momificada, confinada a un pasado remoto y pronunciada con sonidos artificiales, o una Grecia viva, que habla la misma lengua de sus antepasados y nos invita a formar parte de su continuidad cultural.

Carlos M. Aguirre

 

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